Un macroestudio revela que la cadena alimentaria es un vasto reservorio de resistencias. El 40% de estos genes pueden transferirse entre bacterias, facilitando su propagación a patógenos humanos. Los procesos industriales, como la maduración, moldean activamente este «mapa de la resistencia».
La cadena alimentaria es un vasto reservorio de genes de resistencia a antibióticos. Un ambicioso estudio que analizó más de 2.000 muestras de materias primas, alimentos procesados y superficies industriales revela que más del 70% de los genes bacterianos de resistencia conocidos circulan activamente por el sistema de producción alimentario.
La investigación, centrada en el resistoma -el conjunto completo de genes de resistencia-, identifica que ciertos genes son particularmente prevalentes. Entre ellos destacan aquellos que confieren resistencia a tetraciclinas, betalactámicos, aminoglucósidos y macrólidos, familias de antibióticos cruciales para la medicina humana y veterinaria.
El riesgo de la transferencia genética
Uno de los hallazgos más significativos es que aproximadamente el 40% de estos genes están asociados a elementos genéticos móviles, lo que facilita su transferencia entre diferentes especies bacterianas. Esta movilidad genética convierte a la cadena alimentaria en una potencial ruta de diseminación de resistencias.
El análisis muestra cómo los procesos industriales modifican la composición del resistoma. La maduración de alimentos, por ejemplo, altera drásticamente el perfil genético de las bacterias presentes, seleccionando microorganismos adaptados al procesado industrial frente a los originales de las materias primas.
Hacia una producción más segura
Estos descubrimientos subrayan la necesidad de replantear los protocolos de producción alimentaria. Comprender cómo se transmiten y seleccionan estos genes permite diseñar estrategias más efectivas para contener la propagación de resistencias, un paso crucial para proteger la eficacia de los antibióticos en el futuro.




