Prácticamente cada semana, una nueva investigación advierte sobre la presencia de microplásticos en diversas partes de nuestro organismo. Desde que se introdujo el término hace dos décadas, hemos aprendido que estos microplásticos están omnipresentes: en el agua potable, en los alimentos que consumimos e incluso en el aire que respiramos.
Inicialmente, se creía que los microplásticos eran eliminados a través de las heces o la orina sin causar problemas significativos. Sin embargo, un estudio innovador de 2018 los detectó en el intestino, y en 2022, se encontraron en la sangre humana. Según un artículo publicado en Environment International, 17 de los 22 donantes de sangre analizados presentaban restos de PET y poliestireno en su torrente sanguíneo.
La preocupación por los microplásticos ha aumentado, ya que se han detectado en varios órganos, incluyendo el cerebro, el hígado, los riñones, el útero, la placenta, los testículos y los pulmones. La presencia de estos compuestos en el cerebro, en particular, ha generado gran alarma, ya que se ha demostrado que pueden acumularse en este órgano vital en cantidades mayores que en otros tejidos.
Investigadores han propuesto que los microplásticos en el torrente sanguíneo pueden desencadenar la formación de coágulos en el cerebro y causar disfunción neurológica mediante la activación de las células inmunitarias. Además, se han encontrado microplásticos en los pulmones de pacientes quirúrgicos, lo que sugiere que pueden ser inhalados y no solo ingeridos.
La investigación sobre microplásticos se ha intensificado, pasando de ser una preocupación ecologista a una cuestión de salud pública. Los científicos han encontrado microplásticos en la sangre, los pulmones, el hígado, los riñones, la placenta, la leche materna, la orina y los testículos. Sin embargo, aún no se comprende completamente qué efectos acumulativos a largo plazo pueden tener estos residuos en nuestro organismo.
En resumen, la presencia de microplásticos en nuestro organismo es una realidad que preocupa a la comunidad científica. Aunque se han hecho avances significativos en la identificación y comprensión de estos compuestos, aún queda mucho por descubrir sobre sus efectos a largo plazo y cómo podemos mitigar su impacto en nuestra salud.
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